El finde pasado estuve dando una vuelta por el pueblo de mi madre. Como estaba solo aproveché para buscar algunas cosas que tenía perdidas desde hace unos años y que me apetecía recuperar.
Allí tenemos -tiene mi vieja- una casa con un suculento desván: nada tétrico ni muy sorprendente, sobre todo porque la mayor parte de las cosas las hemos subido nosotros -o eso creía. Yo en concreto tengo cajones enteros llenos de libros, papeles, armarios con ropa, zapatos a medio uso -es una ilusión, porque están gastadísimos pero tengo una incapacidad mental para tirar los zapatos viejos...siempre pienso que pueden venir, más aun, peor dadas y que puedo necesitarlos- cajones de fotos...en fin que cada uno va llevando a la cámara -que así le dicen al desván- todas las inservilidades de su existencia.
Me hace gracia porque vista así mi vida es como si fueran estratos de cajas: en el estrato de abajo todo lo que me dejé de mi casa de estudiante cuando me fui a vivir a BCN y que en un plazo muy breve, en cuanto encontrara una casa en condiciones, iría a buscar porque no podía vivir sin ello.
Un poco más arriba todo lo que me traje de Barcelona y que no podía meter en el piso de el Rastro porque era muy pequeño, en la segunda planta todo lo que salió de la casa de el Rastro y que no era cuestión de llevarse a la casa nueva por aquello de no invadir el espacio vital del otro....más arriba ...... en fin y así sucesivamente hasta casi un contenedor de veinte pies que debe de haber allí.
Lo gracioso del caso es que todo lo que ahora duerme en cajas o armarios, fueron provisionalidades hasta encontrar un acomodo o tener un esfuerzo ocioso para recuperar el entorno material perdido. Revisando los fósiles -antes imprescindibles- de cada uno de los estratos te das cuenta de la razón que tenía Neil McCauley cuando decía que él no tenía nada en su vida que no pudiera abandonar en menos de cinco minutos y sin mirar nunca atrás.
Todo esto a cuenta de que una de las cosas que buscaba eran las latas de hacer galletas -bandejas de chapa de hierro- que gastaba mi abuela... y que tenía en la cabeza que había visto hace unos años, cuando todavía no me dedicaba a la panadería/repostería, por un rincón.
Revolví y revolví y encontré un montón de cosas molonas: lebrillas viejas lañadas, un celemín, una artesa de madera, una pala de madera para el horno, montones de cucharas y tenedores -en todas las casas había muchos cubiertos porque en épocas de trabajo en el campo daban de comer a la cuadrilla- y sorpresa!! también un cajón de papeles -sabía que estaba allí pero nunca había tenido la curiosidad de abrirlo.
Muchas cosas bonitas dentro: fotos, cartas, lápices y estilográficas de los años cuarenta y .........

¡¡el recetario de la abuela!!
Me hizo mucha ilusión encontrármelo. Es un cuaderno, como de cien páginas, escrito a mano y ocupado casi totalmente. Está escrito por dos manos diferentes en, al menos, tres épocas diferentes. No hay ninguna fecha, ni ninguna referencia que permita inducir fecha en todo el recetario.
Primero escribió un persona a estilográfica con tinta azul sólo en las páginas impares. Después, probablemente cuando se acabó el cuaderno y no tenía posibilidad de tener otro o porque quería tener todas las recetas en un sólo sitio, esa misma mano escribió más recetas en las páginas pares. Ahora, sólo a lápiz y con una caligrafía más apresurada y muy continua...da la impresión de que quien lo escribió hizo toda la parte a lápiz de una sentanda o en un periodo de tiempo corto.

En la foto se ve muy bien. Las dos son la misma caligrafía. Tiene recetas muy variadas escritas por alguien que las ha hecho...pero no son recetas, ni productos de la zona de mis abuelos, ni de otras próximas...ni apropiadas al tipo de comensales que podían ser ellos o su círculo próximo.
Si tuviera que aventurar una hipótesis diría que, probablemente, es el recetario de alguien que ha trabajado en una casa bien, una chica leída y escribida que ha estado sirviendo.
Después en algunos sitios, alguien -la misma persona que rotuló la portada del cuaderno- añadió recetas escritas sólo con estilográfica de tinta azul.

Sólo están escritas en páginas pares y con caligrafía también buena -la ortografía es fatal en todos los casos- pero bien diferente a la otra. En la foto se aprecia bien.
Ahora sólo son recetas de repostería y de la zona del pueblo del que hablamos: rolletes, galletas, mantecados, etc. La persona que escribió, probablemente mi abuela, lo hizo para otras personas o para la posteridad porque se tomó la molestia de traducir todas las medidas de libras, cuartillos, cuarterones, etc. a gramos, kilos, litros y medios litros. Quizá aprovechó el recetario que se había encontrado o que le habían regalado o vete tú a saber!! para escribir sus recetas y no tener mucho papel por ahí ¿?
Naturalmente no tengo, o eso creía, ningún medio para hacer historia, al margen de mis conjeturas más o menos fundadas, sobre el recetario. En la página interior-contraportada está escrito esto

Pone Rosa Suarez [sic], Loranca de Tajuña, Guadalajara.
Estuve casi toda la tarde, sólo las mamás solteras ;) podemos valorar esas tardes sin los niños por medio, dándole vueltas al cuaderno ....... porque me quedé muy chocado con el encuentro. Leí todas las recetas -mucha mantequilla por todas partes, me refuerza la creencia de que era de una chacha.
En las de, supuestamente, mi abuela hay un ingrediente que me tiene ojoplático: en algunas de harina y aceite además le añade amoniaco ¡¡!! sí, sí, amoniaco; he preguntado por allí pero la gente pone los ojos como los míos ¿alguien sabe para qué sirve y a qué tipo de amoniaco se puede referir?
De las otras recetas he rescatado algunas para una recopilación que estoy haciendo sobre usos del pan duro o pasado: ya tengo unas cuarenta. A ver si esta tarde tengo un rato y posteo la primera porque reté a mi amiga
Milcolores, me aceptó la apuesta :) y estoy en deuda.
Por la noche, no sé muy bien qué hora era porque estaba muy desorientado -en los pueblos pequeños cuando se hace de noche es como si te cayeran cinco mantas de oscuridad y de silencio por encima- vino a verme mi abuela, que también fue otro problema porque sólo la vi una vez en mi vida y hace como cuarenta años.
Me dijo, aparte de que era mi abuela, porque yo no la hubiera reconocido nunca, y otros asuntillos familiares que no hacen al caso, que la tal Rosa era una conocida suya y que estuvo en la cárcel de Valencia con ellas después de la guerra. No sabe muy bien qué fue de ella, sólo que se la llevaron y que no volvió y que sus cosas, cuando pasó el tiempo, se las repartieron entre las que estaban en la camareta y así llegó el recetario a su casa....tal como me lo contó lo cuento.
Fue una lástima porque podía haber aprovechado para preguntarle qué carajo era el amoniaco que le echaba a los rolletes y no caí.....¡otra vez será!
Te ríes verdad?? pues según llegué a Madrid me fui derecho al pc: mete "rosa suárez loranca de tajuña" sin comillas y mira qué documento en pdf sale en el segundo resultado de la lista de Google. Tranquila sale por Loranca de Tajuña y por Rosa de "Chamartín de la Rosa", nada que ver con el cuento que me echó mi abuelita, je, je, je!!